Todos los días eran libros
Todo comenzó con la tristeza de perder al amor, no entender al amor, escabullirse del amor y encontrarlo en personajes de libros. Donde se replican incesantemente los protagonistas de nuestra vida. Aunque a veces se conviertan en villanos, conforman esa platica que no se termina; esa canción que se prolonga en el tiempo espacio para llevarnos a otro lugar; ese comentario, esa frase, incluso esa risa que nos ha volteado la vida.
En medio del estrés, el trabajo, los hijos, decidimos atacar al monstruo, a la bestia que ronda en nuestra cabeza y entrañas, a librazos.
Comenzamos con Todos los días son nuestros para mi era la segunda lectura, en la primera me había causado un golpe en el alma, además de llorar, no podía dejar de evocar muchos pasajes de mi vida, la que tuve y la que hubiera querido.
En esta segunda lectura encontré a una Mari más cercana, más juiciosa, más reflexiva en torno a un amor que se acabó.
Las rupturas siempre son dolorosas, pero pocas veces les quitamos lo pasional para examinar qué de malo tuvieron y que de bueno. Emiliano Cervera es la síntesis de todos los hombres, los que te quitan el aliento, los que te hacen pensar que por más que duela, volverías a vivir esa historia más de un millón, aunque hubiera las mismas lágrimas.
La madre de Mari es todas las madres o abuelas o madrinas que te esperan con el té o con algo que te quite el hambre de ser escuchada.
Esta novela es hermosa. No le he encontrado astillas en la segunda lectura, me volví a enamorar de Emi, me sentí tan loca hablando con un fantasma como Mari o encontrando señales donde no había nada. Mari, la eterna enamorada del cine, es una parte mía. Es de esos personajes que andas cargando por años y que idealizas. Sé que cuando este libro se lleve al cine no quedaré conforme con la estrella que pongan, porque, ¿quién sería Mari? Quien diría con tanta elocuencia: Esta vida si tiene algo de bonita.
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